"Hot Spot y Q Rico:"


Con un hot dog, un producto rápido, al paso y de gusto juvenil partió la empresa del estudiante de ingeniería comercial de la universidad Adolfo Ibáñez Matías Undurraga. Comenzó en 2005, y en dos años creció al mil por ciento, expandiéndose por distintas universidades con carritos en los patios y con la concesión de casinos y cafeterías.

Convencido, cifras en mano, de que su proyecto era rentable, quiso expandir su negocio hacia los más necesitados. Esta vez la idea no era tener ganancias, sino que únicamente ayudar a otros a emprender.

Así surgió este año la idea de que quienes vendían en las calles de Peñalolén formalizaran sus negocios y con patente municipal en mano vendieran sopaipillas, confites, bebidas y chaparritas.

El proyecto se lanzó con bombos y platillos en la universidad Adolfo Ibáñez, y este lunes se concretó con 20 carros que ya están en las calles vendiendo sus productos.

Ayuda para partir

"A mí me costó mucho partir. Primero constituimos sociedad con un tío que aportó capital, y yo, por mi lado, abrí tres tarjetas de crédito y usé las líneas de crédito", cuenta Undurraga.

Él agrega que demoró un mes en constituir sociedad y la publicó en el Diario Oficial después de 90 días. De ahí recién pudo iniciar actividades en el SII, verificaron domicilio, timbró facturas y boletas. Luego pidió los permisos para instalar los carros en la universidad, pagó permiso, arriendo, hizo las instalaciones de agua, electricidad y desagüe, y abrió sucursal ante el SII. De ahí el Sesma demoró unas dos semanas en dar la autorización para funcionar. En total, unos cuatro meses de trabajo.

Después de la experiencia, Matías se decidió a apoyar a los empresarios de Peñalolén para que no pasaran por la misma experiencia. Sabía que a ellos, seguramente, les costaría más aún contar con el capital inicial o tener un socio capitalista.

"En los bancos al principio fue imposible. Imagínate un joven de 22 años, alumno universitario y chascón que viene a pedir $20 millones. Me pedían antigüedad laboral, activos. Al principio no tenía nada, y no me prestaron", recuerda Undurraga. Seguramente a los emprendedores de Peñalolén les pasaría lo mismo, y por eso él decidió que sería su socio capitalista, y aportó $20 millones al proyecto, monto que piensa recuperar en tres años y luego volver a invertir en otro proyecto social.

De la calle al carro

"Un día estaba arrancando de los Carabineros cuando me encontré con un joven en una camioneta que me dijo que me iba a ayudar. Cuando escuché que venía de parte de la Municipalidad, me quise arrancar para el otro lado, pero después conversamos, y confié", cuenta Julia Alonso, ex secretaria que desde principios de año vende sopaipillas en la calle para mantener a su hijo.

El joven que la invitó a conversar era Enrique Donoso, el gestor del proyecto Q Rico, de carritos para emprendedores de Peñalolén. Se invitó a todos los que quisieran formalizar su negocio ambulante, y de los 50 postulantes se seleccionó a veinte.

Éstos fueron capacitados gratuitamente en manipulación de alimentos, contabilidad y atención al cliente. En conjunto eligieron el lugar donde se instalarían, y se envió a hacer los carros, los que hoy están en las calles de Peñalolén cargados con dulces, bebidas, café, té , chaparritas y galletas.

Todo absolutamente gratis. "La idea es que ellos vendan, se hagan de un capital, y yo los abastesco de la reposición", explica Matías. Así él espera recuperar la inversión en tres años para volver a ayudar a emprender a otros vendedores ambulantes.

"Espero que todo resulte bien. Después de que dejé de trabajar como asesora del hogar me dediqué a vender mote con huesillo en verano y sopaipillas en invierno, en Departamental con Américo Vespucio", explica la señora Juanita Allilef.

Aunque ella sabe que ahora tendrá que pagar patente por vender en su nuevo carrito, está feliz con él, porque antes la echaban los Carabineros. "Me levanto a las 4:00 de la mañana, las hago, y a las 5:00 o 5:30 las vendo en la calle, y me va bien, pero si llegan los carabineros o los de la Municipalidad, me tengo que arrancar", explica Juanita, quien agrega que la artrosis no la deja correr y eso dificulta más aún su trabajo.

Ella está expectante de saber cómo le irá con este nuevo sistema. Sabe que ya no se tendrá que levantar tan temprano para hacer las empanadas, porque se las venderán hechas; tampoco tendrá que arrancar, y estará más segura. Aunque tiene sus miedos. "Espero que me vendan los productos al mismo precio que los compraba antes, porque si no, no voy a poder vender y ganar", dice.

Su hija Julia Alonso se prepara para recibir su primer carro, el que instalará en calle Hojas Secas con San Luis, frente a un colegio.

"Antes vendíamos las sopaipillas a $70, y ahora las tenemos que vender a $80. Espero que nos vaya bien. Ahora con mi mamá ganamos entre $50 mil y $60 mil al mes, y esperamos mantener esa ganancia", dice Julia.

Además, está preocupada porque una vez al año tendrá que pagar una patente de $36.000, y ese gasto antes no lo tenía.

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